La masturbación es una práctica común y natural, pero no siempre ha sido percibida del mismo modo. Más allá de su dimensión íntima, lo que pensamos sobre ella está profundamente marcado por las normas sociales y de género. No se juzga igual que se masturbe un hombre o que lo haga una mujer, y esas diferencias en la mirada revelan mucho sobre los valores que siguen moldeando nuestra sexualidad.
Con el propósito de entender mejor cómo influyen el género y las creencias sociales en la percepción de esta conducta, los investigadores Laura Elvira Muñoz-García, Juan Carlos Sierra y Carmen Gómez-Berrocal publicaron recientemente en Sexuality & Culture el estudio "Gender Bias in the Perception of Masturbation Behavior: Does It Align with Sexual Norms?". Su objetivo fue analizar si seguimos aplicando un doble rasero cuando pensamos en quién se masturba.
Para ello, presentaron a 292 personas adultas cisgénero españolas (146 hombres y 146 mujeres, de entre 18 y 32 años) dos personajes ficticios: Emilio, un hombre que se masturba, y Elena, una mujer en la misma situación. Cada participante evaluó a uno de ellos en aspectos como satisfacción sexual, carisma, fiabilidad, logro o habilidades sociales.
Además, el equipo de investigación midió hasta qué punto quienes participaban se adherían a determinadas creencias sociales, entre ellas el doble estándar sexual y la orientación a la dominancia social.
El doble estándar sexual es una actitud prejuiciosa que implica evaluar de forma distinta la misma conducta sexual según el género de quien la realiza. En su versión más tradicional, supone una visión más permisiva y complaciente hacia las experiencias sexuales de los hombres, y más restrictiva o crítica hacia las de las mujeres.
Por su parte, la orientación a la dominancia social refleja la tendencia a justificar jerarquías y desigualdades entre grupos, incluidas las de género.
¿Quien se masturba importa en la percepción?
Los resultados fueron reveladores. Elena fue valorada más positivamente que Emilio en todas las dimensiones, independientemente de si quien evaluaba era hombre o mujer. Sin embargo, las diferencias se intensificaron cuando se tenían en cuenta las creencias personales: quienes mostraban una mayor adhesión al doble estándar sexual o una orientación más alta a la dominancia social tendían a juzgar de manera más negativa, sobre todo cuando la persona evaluada era la mujer y el que hacía los juicios era un hombre.
Concretamente, se halló que los hombres con altos niveles de dominancia social y adhesión al doble estándar sexual tradicional atribuían menos características agénticas (logro/estatus y fiabilidad) a Elena.
En otras palabras, aunque la sociedad parece más abierta hacia la sexualidad femenina que hace décadas, persisten sesgos y prejuicios que reproducen jerarquías de género, incluso en la manera de juzgar conductas privadas. La masturbación, lejos de ser una simple práctica sexual, se convierte así en un espejo de cómo entendemos la agencia, la masculinidad y el poder social.
Como concluyen los autores, estos resultados invitan a reflexionar sobre la necesidad de una educación sexual que no solo informe, sino que también cuestione las normas y desigualdades que seguimos reproduciendo sin darnos cuenta. Porque, al final, lo que pensamos sobre quién se masturba dice mucho más sobre nosotros que sobre la conducta misma.
Referencias
Muñoz-García, L. E., Sierra, J. C. y Gómez-Berrocal, C. (2025). Gender bias in the perception of masturbation behavior: Does it align with sexual norms? Sexuality & Culture. Publicación anticipada en línea. https://doi.org/10.1007/s12119-025-10457-7